Relaciones de moros y cristianos

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Las relaciones de moros y cristianos son una representación teatral en distintos rincones de Lúcar, interpretada por los propios vecinos en los que se relatan batallas entre los moriscos y los cristianos del pueblo. Es una representación con tintes cómicos y con gran acogimiento popular. Las representaciones tienen lugar durante el día 20 y 21 de enero a lo largo del día.


Se celebran desde el S.XVII aproximadamente, cuando D. Juan de Austria instauro como patrón de muchos de los pueblos de la Comarca del Almanzora a San Sebastian, por él que sentía gran devoción, y surgiendo asi por esta época histórica las representaciones. La obra ha ido evolucionando con los años, pues antes estaba en castellano antiguo y las diferentes traducciones han dado lugar a la adaptación que se representa en la actualidad, dividida en cuatro actos.


La interpretación de la obra se hace en la plaza del pueblo las la procesión de los roscos y la misa en honor a San Sebastian, donde la gente acude a la espera de la llegada de la cuadrilla de actores ataviados debidamente y acompañados (como también tradicional) por la banda de tambores y cornetas. Tanto en las procesiones como en los diferentes actos de la obra cada bando va acompañado por su abanderado, que es un personaje más ataviado con una bandera de símbolos moros o cristianos (medias lunas, sables cruzados, cáliz o cruces de santiago) y que ha sido recuperada recientemente.



Personajes

Los personajes principales son:

Personajes:

  • Don Andrés
  • Sancho
  • D. Diego
  • Fatimafar
  • Jamete

Diálogos

Los diálogos del texto original no están localizados actualmente pero se cuenta con los que a continuación se presentan que son una adaptación de los mismos:

Acto primero

(Representado la mañana del día 20 de enero)


En escena D. Andrés y Sancho. Escuadra de soldados cristianos.

D. Andrés. D. A.:

Haced alto a la falta de esta sierra
valerosos soldados; y el cansancio
que el arte militar nos ocasiona
tenga también sus justos intervalos.
Descansad, descansad de la fatiga
de tan largo ejercicio, descuidados.
Mientras los centinelas no nos muevan,
de tranquilidad goce nuestro campo.


Sancho. S.:

¡Jesucristo! Que ya llegó la hora de sentarnos.
Por Dios, que si tarda un solo instante
en salir esta orden de mi amo,
de la alforja, el fusil, la bayoneta,
la espada y demás trastos de soldado
iba yo a renegar;
porque tal vida conmigo ha de acabar,
si no la acabo.

D. A.:

Descansad sin recelo, que yo mismo
he de haceros la guardia.

S.:

Qué regalo es estar
un lacayo panza arriba (se tiende)
mientras ve a su amo trabajando.
D.A.:
¡Sancho!

S.:

¡Ay Jesús, señor!

D.A.:

Ven conmigo.

S.:

Cosa es esta, por Dios, del mismo diablo.
Señor, pues, ¿no nos mandabas descanso?

D.A.:

Entonces solo hablaba a los soldados.

S.:

Pues, yo acaso ¿soy rana o soy sapo?
Téngame Dios la lengua de su mano.
Y es cosa del mismo demonio,
que en una marcha seguida soy soldado;
y, cuando los soldados reposan,
entonces vuelvo a ser pobre lacayo.
¡Paciencia, Sancho!

D.A.:

Demos vista al campo
donde creo que el pagano ha de venir.


S.:

Tal rabia les tengo
por los trabajos que por ellos paso,
que, siendo ellos los perros,
yo de pura cólera y rabia ardo.


D. Andrés está dando vueltas a su gente. Detrás le sigue Sancho, distraído. Por una esquina aparecen los moros.


Fatimafar. F.:

Agarenos valientes, llegó el tiempo
en que nuestro denuedo y fuerte brazo
levante el corvo alfange con tal furia,
que acabemos de una vez con los cristianos.
Por oculto sendero hemos venido;
que, pienso llega el tiempo, y sin amagos.
Yo esto celebro más; que en amenazas,
por malgastado el tiempo, no lo gasto

(mirando a los cristianos)

Descuidados están sin duda alguna.

Jamete. J.:

Tenierte ya, siñor, que estar cristiano
bien dispierte, y dar vueltas al campo.

F.:

Dices bien, Jamete. Y pues mi intento,
que fue hallar su descuido, no he logrado,
haced señal de paz, que quiero hablarle.
Hasta segunda orden el campo quede
sin dar paso adelante; pues presumo
que, con solo mirarme,
los cristianos harán lo que les mande.

J.:

Siñor, si yo pillare
del cristianile algún soldate,
¿qué de premio aguarde?

F.:

Cuantos tú cautives con tus brazos,
te los doy, y que sean tus esclavos.

J.:

¡Temer, temer, cristianile,
que, por vida de Mahomillo,
yo he de pillar a cuatri!


Hacen movimiento D. Andrés y Sancho.

S.:

¡Válgame el buen ladrón y sus compadres!
¡Válgame san Crispín y Crispiniano!

D.A.:

¡Sancho! ¿Qué traes?

S.:

¡Señor, moros en tierra!

D.A.:

¿Qué dices?

S.:

Con cincuenta he peleado
y, como mi valor no me valiera,
nos pillaran a todos descuidados.
Cuatro docenas he muerto,
cincuenta heridos, y otros tantos...

D.A.:

Eres valiente, Sancho.
Esa hazaña yo te la premiaré.
¡Muévase el campo!
Fórmense batallones en tres piezas;
y para mí el centro, mientras tanto
¡al arma, capitanes esforzados!
Pasto de espadas las cabezas
de los moros, que nos tienen injuriados,
con la historia que inventan de proezas

J.:

Sinior, sinior. ¡Alá, valerme!

F.:

Jamete, ¿te vuelves asustado?

J.:

Es que de pelear no puedo tenerme.
Yo luchar con cien cristianos,
y matar de milenta otros milenta,
mientras ellos juyen a sus campos.

F.:

Repítase la señal, aunque ya basta,
que yo tanta política no gasto.
Ven Jamete, conmigo, que tu casta
bien merece que yo de ti haga caso.


(Dirigiéndose al campo cristiano)

¡Ah, del campo cristiano!


(Poniendo atención Sancho)

S.:

¿Quién nos llama?

F.:

Un moro hablar pretende
al capitán de esa escuadra.

D.A.:

Di que quieres, sarraceno valiente.

F.:

Escucha un rato.

J.:

¡Por Alá! ¿Ser aquel el cristianile?

S.:

¡Por Dios! ¿Es aquel el moro del fandango?

F.:

Valiente capitán, Alá te guarde;
y la fe que en mi pecho noble arde
comunique has el tuyo, cuyo efecto
sea mudar Mahoma tu proyecto,
trayéndote a su grey,
como, a entre todas, la verdadera ley.
El que Esmirna, Anatolia y la Tartaria
hace de peso su conducta varia;
y, con concisos modos, el gran Señor
saludos envía a tu reina Isabel,
cuya basta monarquía de España
gobierna con amor, valor y saña.
Y, pues tú eres su lugarteniente
evacuaré contigo mi expediente.
Dile, pues es notorio,
el derecho que tiene al territorio,
o Reyno de Granada, ya que goza
de tranquila y sosegada posesión,
que mantuvo, sin engaños
por algo más de setecientos años.
Dile también, ser llegado a su noticia
la necedad, el error, la estulticia
con que un pueblo cristiano
adora por su Dios o soberano
a un Sebastián impío,
que, siendo profeso del rito mío
del cielo castigado,
fue expulsado de mi ley, y desterrado,
porque mi gran profeta así lo quiso,
de nuestro milenario paraíso.
Y así, para evitar el grave daño,
que os acarrea tan enorme engaño;
y que, cuando a su ley así os convida,
veáis, pretende vuestra eterna vida,
antes que castigaros;
que su intento solo es desengañaros,
quiere que yo os declare
su verdadera historia, por si hallare
falso el culto que tenéis,
y de tan villanos dioses abjuréis.
Ese infiel Sebastián, que, (sin asombro
te puedo asegurar que no lo nombro),
en sus tiernas edades
colmóle el cielo de prosperidades.
Y así, en primer lugar, su culto intento,
le concedió un ilustre nacimiento.


El grande Diocleciano,
perseguidor eterno del cristiano,
le colmó de favores,
hasta hacer que gozara los honores
de capitán de su primera escuadra;
cosa que solo cuadra
a un noble ciudadano, y ciudadano
que gozara los timbres de romano.
¿Quién pensara que tantos beneficios
Le habían de servir de precipicios?
¿Y qué hombre, bien nacido,
no había de responder agradecido?
Pues ese Sebastián,
ese, que será mejor llamarle fiera,
cuando el Emperador así le honraba,
cuando al cielo sus prendas ensalzaba,
él, por diversos modos,
iba ofendiendo gravemente a todos.
Y así, en segundo lugar, al marchar
con las tropas de su mando a auxiliar
justicias que se hacían con tantos infelices
seguidores del falaz culto vuestro,
la hacía con fervor cauto y siniestro
y cuando alguno miraba,
que en seguir vuestra ley titubeaba,
lo animaba entonces y lo alentaba,
que en ella firme fuera,
sin que otro a su lado lo entendiera;
como quien dice, con infames modos,
“si yo me he de perder, piérdanse todos”.
Este oficio villano
ejecutó con Marco y Marceliano,
haciendo ver a Nicóstrato,
que su muda mujer, llamada Loa,
hablar pudiera. Y esto, ¿cómo lo hizo?
Es bastante claro, con hechizo.
Porque un hombre maldito
pasa de uno a otro delito.
No obstante, Diocleciano
intenta reducirlo con agrado.
Le promete riquezas y muchas honras,
que el malévolo las tiene por deshonras.
De esta suerte su fama acrecentaba
de cristiano, que a voces publica
y que no le importaban los cadalsos,
pues que nuestros dioses todos eran falsos.
Faltóle la paciencia
a nuestro emperador; y lo sentencia
a que muera asaeteado.
Y al instante, a un madero bien atado,
imitando a su Dios, vilmente muerto,
desaetas quedó todo cubierto.
Y difunto lo dejan. ¿Quién dijera,
que el arte de magia le pudiera
la vida? Pues así sucedió;
porque, atrevida, otra su semejante,
Irene arrogante,
olvidando ser noble y ser romana,
por arte del demonio
la salud le restaura. Testimonio
de esta verdad sea él mismo.
Dentro de pocos días
sale al encuentro, enteramente sano,
del grande Diocleciano.


Y con la voz severa
a su grandeza injuria y vitupera;
con voces atrevidas,
que todas sus deidades son mentiras;
que, de no lavarse en el Bautismo,
había de padecer eterno abismo.
Quedóse Diocleciano sorprendido,
y lleno de enojo y decidido,
y, guiado de su justa conciencia,
a que muera de una vez le sentencia.
Así se ejecutó, con rigor tanto,
que no quedó lugar para otro encanto.
Esta de vuestro santo en justo modo
la historia es; sin que nada de todo
cuanto a su conducta he referido,
algo le haya quitado ni añadido.
En cuya inteligencia, ya está clara
nuestra justicia, para que vosotros, veloces,
haciéndoos fuerza el alma a mis voces,
al instante detestéis,
os apartéis al punto y abjuréis
sus depravados y falaces ritos,
confesándoos, convictos
que el más digno de incienso y aroma,
después del grande Alá, sólo es Mahoma.
Siguiendo a esta acción, como justa,
reconocer por Majestad augusta
la de mi Ley y mi Rey;
supuesto, como tengo declarado,
que este reino lo tiene usurpado.
Y en señal de honor tanto
me entreguéis la estatua de ese santo,
para conducirlo a su real presencia,
y así significar vuestra obediencia.
Esto de mi venida es el asunto.
Si obedecéis mis órdenes al punto,
no pasará el rigor más adelante;
mas, si acaso, con voluntad constante
en tan falsa religión permanecéis,
por mi profeta, que antes que anochezca,
quedaréis de mi furia combatidos,
los que no destrozados, si rendidos.
En cuyo caso, ten por cierta ciencia,
que no he de usar sombra de clemencia.

D.A.:

No sin justas razones,
canes os llaman todas las naciones.
Villano embajador, y tan villano,
que más muestras ser perro, que no humano.
Que las razones más santas y sagradas
no se hallan de tu furia excepcionadas.
Y aunque la indignación que en mí se encierra,
exige te responda con la guerra,
me templaré algún tanto,
por decirte, que aún cuando, como a santo,
a mi gran Sebastián reverenciamos,
jamás le veneramos
con el culto tan grande que a Dios toca;
pues eso, sólo la bárbara, la loca
superstición romana,
la unidad en su Dios niega y profana;
siendo tal su vehemencia,
que hasta el dios de la escoba reverencia.
Mas los cristianos, cuando veneramos
a nuestro gran Patrono, nunca usamos
tratarle como a un dios; pues bien sabemos,
que no hay mas que uno, en quien creemos.
Y porque veas que en la expresión que hiciste
yerros que palabras embebiste,
oye, verás, no obstante mi rudeza,
salvar de mi Patrono la grandeza
sin ofender a la Deidad sagrada,
Uno y Trino por nosotros confesada.


F.:

Suspéndete, cristiano. Con la espada
me enseñó el gran Mahoma a que arguyese,
no con razones. Cese
tu estudiada ficción; que en la pelea
vencerá la razón, sea la que sea.

D.A.:

Pues, prevén tus escuadras. ¡Capitanes!,
pueblen el viento nuestros tafetanes.
Concertad nuestra gente,
y castiguemos tan bárbaro insolente.

F.:

Agarenas columnas,
¡al arma! ¡Vivan nuestras medias lunas!

S.:

Ah, morisco perrengue,
espera que de un palo te derrengue.

J.:

Cércate aquí, cristianile; al instante,
por vida de Mahomillo, he de pillarte.

(Se hace la batalla. Ganan los moros. Quedan presos D. Andrés y Sancho.)

FIN DEL ACTO PRIMERO

Acto segundo

(Representado la tarde del día 20 de enero)

(En escena D. Diego, capitán de los cristianos; Fatimafar, rey de los moros; D. Andrés de los Pinedas, en prisiones).


D. Diego. D.D.:

¡Valientes capitanes
y soldados valerosos,
que en todas las naciones
tenéis granjeado
el epíteto de heroicos,
de puntosos y de nobles!
A vuestro valimiento y condiciones
invoco en este caso; porque cuando el honor
se antepone a otras virtudes,
sólo el valor dirige las acciones.
¿Dónde están las conquistas españolas?
¿Dónde el pundonor que hasta los bronces
y lápidas marmóreas publican
en honrosos aunque fúnebres renglones?
El moro altivo pisa nuestra tierra,
ocupando los sitios superiores,
y hollando las cervices más erguidas,
que el tiempo ha conocido entre los hombres.
¡Preso el grande D. Andrés de los Pinedas,
honor de capitanes y señores,
asombro y destrucción del paganismo,
y nosotros sufriendo estos baldones!
Los templos del Señor hechos mesones
poseídos de bárbaros moriscos,
cautivos los santos sacerdotes,
expuestos a sufrir viles rigores.
Esforzaos, heroicos capitanes y soldados.
No permita Dios que estos errores,
tan grande desventura, tal desgracia
no halle satisfacción la más conforme.


El que de español noble se gloríe,
el que en su corazón sienta estos golpes,
que embrace bien la espada, y mis pasos
tenga por ejemplo, tenga por norte.
Hasta la plaza vamos del contrario,
y lo que mi valor hacer dispone,
allí conocerá, mas no publico,
que el silencio es mejor en ocasiones.
Nuestro gran Sebastián es el caudillo,
que nos va protegiendo; por su causa sufrimos.
Él nos induce a la acción gloriosa.
Adelante, sin temer a los rigores.
Su deshonor pretende el mahometano;
desea separarnos de su culto;
intenta rematar su nombre santo,
y borrarlo de nuestros corazones.
Ved, y conocidas las razones,
afilemos la punta del estoque
y pasemos a una acción de reconquista;
no haya brazo no templado para el golpe.
¡Alto! ¡A marchar! No suene parche alguno.
Caminen en silencio los tambores;
no se enteren que vamos en su busca,
hasta que esté encima nuestro choque.

(Se van acercando)

F.:

¡Africanos valientes! Pues el cielo
tan a nuestro favor se ha declarado,
que, cuanto apetecemos, al instante
con gran facilidad hemos logrado,
no echemos a perder lo ya ganado;
estemos fuertes con valor constante.
Espías avanzadas se despachen,
que averigüen los rastros del contrario.
Su general tenemos en prisiones.
Mañana he de colgar a su criado,
para que, con ejemplos semejantes,
logremos aterrar a los cristianos.
Pueblo no ha de quedar en toda España,
que no quede sujeto a nuestro brazo;
para que el gran Mahoma se venere,
hasta los más recónditos espacios.
Mas, tened, que si yo no padezco yerro,
una tropa avanzada de soldados,
cristianos en el traje, a este sitio
en silencio y con armas se van cercando.
Aunque, dejadles que lleguen,
por si acaso quisieran entregarse;
contando con no hallar misericordia
si no entregan la estatua de su santo.

D.D.:

¡Maldición! Ya de los enemigos
descubiertos, vistos sin duda somos;
mas, si se ha malogrado el intento,
vamos a ganarles en su campo.
(Se adelantan)
¡Grande Fatimafar! Yo sólo vengo,
como jefe mayor de mis soldados,
a pedirte un favor, que se reduce,
permitas el canjeo de mi cabo.
Soldados tuyos tengo prisioneros,
y aún cuando de los tuyos no hagas caso,
también tengo dinero que equivalga
a la mayor cabeza de tu campo.
Pídeme lo que quisieres,
como al punto no me entregues
del todo habilitado a D. Andrés,
de otra suerte experimentarás mi brazo.

F.:

Suspende el labio, cristiano!
No molestes, no, con tal relato;
que vienes dementado, según muestras,
y yo no hablo jamás con dementados.
¿Canjearme pretendes a tu jefe?
¿Quieres darme por él a mis soldados?
¿No ves que es desatino temerario,
todo cuanto dices? ¿No percibes
que lo que ahora me ofreces tan urbano,
dentro de pocas horas será mío,
sin que yo necesite me sea dado?
Tu capitán lo tengo entre prisiones.
La muerte le he de dar, y a todos cuantos
no se acojan, rendidos a mis plantas,
e invoquen a Mahoma por gran santo.
Y por último término te digo
que si dentro de una hora no has llegado
a entregarme la estatua de ese,
que tú veneras por tu santo;
y así mismo, si no pones a mi arbitrio
todos los que son vecinos y soldados,
fortalezas, castillos, plazas de armas,
mujeres, los niños y paisanos;
si los templos, ermitas y oratorios
no desocupáis de dioses falsos,
para que el gran Mahoma se venere,
y le rindan condignos holocaustos;
no entregáis al punto vuestras vidas,
y os sometéis a todo mi comando,
¡por el eterno Alá! que he de oprimiros
y, hasta digo lo último, aniquilaros.
Sólo esto te respondo, y sólo espero
el tiempo de una hora que te he dado,
para que deliberes; entendido,
que la vida o la muerte está en tu mano.
La vida, si te entregas prisionero,
y a Mahoma reconoces por tu amparo.
La muerte, si por tu mal capricho,
rehúsas practicar lo que te mando.

D.D.:

¡Grande Fatimafar! ¿Sólo una hora
me concedes de término, en un caso
donde he de menester mayor consulta,
donde he de menester mayor cuidado?

F.:

¿Una hora te parece poco tiempo?
Pues, el que tiene arbitrios muy sobrados,
para sin más, destruirte; y aún acaso
si al punto no obedeces mis preceptos,
también éste yo sabré revocarlo.

D.D.:

¡Ea! Ya llegó el tiempo en que el orgullo
y la desesperación rompa reparos.
¡Soldados míos! A morir o a dar al mundo
del valor español ejemplo santo.
A insultar, a insultar al enemigo.
La prevención nos sobra en este caso.
No os acobarde, no, que somos pocos;
pues viniendo con nosotros Santiago,
cada uno de vosotros equivale
a doscientos moriscos africanos.
Mas para asegurar nuestro intento
he de usar otro ardid, vamos llegando.
(Se acercan más y sigue)
¡Grande Fatimafar! Ya estoy dispuesto
a entregarme rendido, a implorar tu clemencia;
mas primero, te quiero suplicar benevolencia
para que consulte tan extraño pensamiento
a mi Jefe Mayor; y para ello
hazle comparecer.

F.:

No hallo reparo.
Traed de la prisión en que se encuentra
a ese mísero jefe aprisionado;
para que, de esta suerte, se convenga
con todos los demás a ser mi esclavo.
(Sacan de prisión a D. Andrés)


D.D.:

¡Heroico capitán! Ya, sin arbitrio
a sostener la guerra, hemos pensado,
por reservar siquiera nuestras vidas,
entregarnos rendidos. Y aunque el caso
es fuerza que te cause y nos cause
un acerbo dolor, siempre mirando
el respeto que todos te debemos,
tu parecer pedimos de contado.

D.A.:

El dolor que me causa tal propuesta
si no acaba conmigo es un milagro.
Como es milagro ver que entre españoles
haya hombres tan ruines y villanos.
¿Entregaros pensáis a un enemigo
de la fe, aun temerario, a un infiel?
Mas, no es bien que lo impropere;
sólo a vosotros debo improperaros.

D.D.:

No es razón que por solo tu capricho,
hayamos de morir todos rabiando.
Y más me ofenden, si, tus improperios,
que aún el mismo dolor en que me hallo.
En fin, pues pedir tu consejo
tan solo es razón de estado
sin tu consejo haré lo que quisiere.
Y así, soldados míos, id llegando,
y diciendo en alta voz: ¡Viva, viva
el gran Fatimafar, por muchos años!
(Aparte)
Ea, soldados míos, llegó el tiempo;
atención cuando invoque a Santiago.
(Se acercan empuñando las espadas como para rendir)

F.:

Vayan todos llegando, uno a uno,
y rindiendo las armas de contado.
¡Cántese la victoria!

D.D.:

Yo el primero
lograré tal honor; y arrodillado,
hago pleito homenaje de que, ¡¡viva Santiago!!

(Se da la batalla y los cristianos liberan a D. Andrés).


F.:

¡Ah, infames! ¡Ah, traidores! ¡A ellos!
Que no escape ninguno con la vida.
¡Mueran esos indignos temerarios!
¡Volved a aprisionar a ese malvado!
Pero, ¡oh, cielos! ¿Qué miro? Aleves
en desconcertada huida se han llevado
a su jefe mayor. ¡Vive Mahoma
y vive el grande Alá, que he de pillarlos
y ofrecerlos en víctima sangrienta!
Nadie los siga, nadie; que al instante
en que el alba nos anuncie el sol dorado,
he de vestir el campo de corales,
en venganza formal a tanto agravio.

D.D.:

¡Ah, valientes guerreros! Que a las piedras
ponéis como testigos de este caso;
pues solo a Dios las gracias se le deben
y, por ello, rendidos holocaustos.
Y tú, gran capitán, en cuyo obsequio
fingidamente intenté caso tan raro,
perdona el sentimiento que te dimos,
cuando nuestra ficción manifestamos.

D.A.:

¡Heroico amigo, gloria de España!
¡Soldados valerosos y gallardos!
Vosotros sí tenéis que perdonarme
el infame concepto, ya pasado.
Confieso me insultaron tus palabras;
y, aunque en discurso, ya titubeando,
proferí sin sentido lo que dije,
y, como tal, no debe, no, agraviaros.
Y pues sólo Dios pudo inducirnos
a tal y tan gloriosa acción,
es bueno que en su obsequio repitamos:
¡Viva nuestro patrono y nuestro amparo!


FIN DE LA SEGUNDA PARTE


Acto tercero

(Representado la mañana del 21 de enero)


(En escena D. Andrés de los Pinedas; Sancho, su criado; Fatimafar; Jamete, su criado; escuadras de moros y cristianos.)

D.A.:

Ya soldados, que los cielos
generosos permitieron consolarnos,
cautos, nuestras fuerzas reunamos;
pues el moro, es consiguiente que pretende
nuevo combate provocarnos.
Imploremos la clemencia de Dios,
y la de nuestro Patrono Santo.
¡Mueran esos perros mahometanos!
(Pausa)
Mas Sancho hacia aquí se acerca.

S.:

Gracias a Dios que he llegado,
señor a tus pies. La fuerza
de la fortuna me ha alentado
en las penas de verme aprisionado.

D.A.:

Sancho, ¿cómo, di, has podido
romper la prisión?

S.

Haz cuenta
que va de cuento, y así he urdido
el cuento de mi tragedia.
Supongo que los moriscos
nos vencieron; cuya pena,
aunque lloró nuestro campo,
no dejó de ser adversa.
Mi fortuna me entregó
en manos de aquel trompeta
de Jamete, al diablo su pelleja.
Supongo que con sobornos
o de la suerte que sea,
tú pudiste escapar
de una canalla tan fiera,
dejándome a mí cautivo;
pues he aquí lo que resta.
Apenas amaneció otro día,
cuando al echarte de menos aquella
vil chusma, eran tantas las zalemas,
retortijones de manos, gritos,
y zambras que empiezan,
que yo me temí, señores,
se colmaran de soberbia.
y yo estaba ya, sientiendo
llegar a tan triste escena.
Y he aquí, que el condenado
del moro que los gobierna,
por vengar su pesadumbre,
mandó ahorcarme de una entena.
Entonces fue, que al practicar
tan malévola sentencia,
quiso Dios favorecerme,
pues se movió tal tormenta,
que hasta el puerto de Armuña,
cuya plaza es la primera
que el moro nos ha pillado,
con la de Suflí, Purchena,
Somontín, Tíjola y Sierro,
sopló el aire con tal fuerza,
que al poco rato me hallé
en alta mar, sin que hubiera
otra persona en la nave,
que yo. Y aunque con esta
infeliz novedad logré
impedir verme en Jorquera,
se alborotaron los mares,
recogí pronto las velas.
Pero me sirvió bien poco;
que como en Tíjola era,
y en Tíjola, ya se ve,
son los aires tan sin cuenta,
temí que mi pobre nave
quedara en aires deshecha.
Pero no sucedió así, que
cuando empiezan las penas,
nunca para poco empiezan.
De allí salí con presteza,
porque un gran golpe de mar
me arrojó a la más perversa
playa que se reconoce
en cuanto el sol gobierna.
En medio de Suflí y Sierro
fui a parar; que mejor fuera
haber muerto en alto puerto,
que no dar en tal maleza.
Muchos aires se combaten;
y aunque eran de poca fuerza,
como ya abajo, ya arriba
me arrojaban con presteza,
fue menester mucho, para
que no me desvaneciera.
Pude arrimarme a Suflí,
que aunque el peligro no cese,
nunca es tanto como en Sierro;
aunque siempre en Sierro logran
los aires muy poca fuerza,
cuando no encallan, molestan.
Y como en Suflí me guardé
de tal cual roca o maleza,
el aire, por más que apriete,
nunca goza solidez cierta.
Yo creí que mis desgracias
se dieran ya por contentas;
pero no sucedió así,
porque salí de Caribdes
y di en Escila; que entra
un temporal muy soberbio,
y arrojóme hacia Purchena;
que aunque en sus playas no hay
piedras, que temerse puedan,
como son aires tan recios,
y soplan con tanta fuerza,
aunque todo es aire, es aire
de una intención muy perversa.
Serenáronse los mares,
y tanto, que aunque las velas
las tendí todas, me hallé
varado como una piedra
en frente de Somontín.
Dispararon varias piezas
de metralla, y tal cual bala;
ninguna me acierta.
En cuya ocasión, tomado
el aire alguna fuerza,
emprendí venirme a LÚCAR.
Y, cuando ya venía cerca,
empiezan a darme caza
cuatro barcas cañoneras,
que despacharon de Armuña.
Y si en peligro me viera
de que me pillasen, pienso,
echaran al mar de cabeza;
que aunque en Tíjola y Sierro,
Somontín, Suflí y Purchena
puede a ningún cristiano
irle bien, es más proterva
Armuña, que aunque es islilla
de poco valor, viene a
sobrarle de malicia,
lo que le falta de fuerza.
En fin, señor,
ya que los cielos permiten,
que bajo vuestra protección,
de nuevo puesto me vea;
y si mi infeliz tragedia
vale algo para ti, valga
me vengue de tan perversa
canalla; pues si lograra
ver a Jamete en mi tierra,
pagará sus buenos cuartos
en igualitas monedas.

D.A.:

Valiente has estado, Sancho.
cuentas de tal manera
tu historia, que siendo falsa,
casi queremos creerla.

S.:

¿Cómo es eso, señor? Si otro
alguno no me creyera,
le haría entrar en trote
y creerme de por fuerza.
Pero, en fin, permita Dios que
todo aquel que no me crea,
acabe su triste vida
en tan infelices tierras.

D.A.:

¡Ea, capitanes míos!
Id ocupando esas selvas,
en el mejor orden. Dense
las debidas providencias,
para resistir al moro;
que si, puestos en trinchera
nos embisten, es consiguiente
que en nuestras manos perezcan.

S.:

Señor, en buen orden puesto,
hacia acá el moro se acerca.

D.A.:

En nombrando yo a ¡Santiago!
cercarlos, para que no puedan
ningún modo escapar
de prisioneros o muertos.

S.:

Haciendo seña de paz
con un pañuelo blanco,
el moro hablarte intenta.

D.A.:

Pues responde por tu cuenta;
que no es mala diligencia
escuchar al enemigo.

S.:

Atiende, que a hablarte empieza.

F.:

¡Infelice capitán!
Porque al verte, mi presencia
mate, antes que mi alfange,
me acerco a ti. Y porque veas,
que con gran ruindad procedes,
cuando no observas las reglas
de milicia, haciendo fuga
de la prisión; que hay quien pueda
de los moros enseñarte,
reduciéndote a una estrecha
mazmorra, para que acabes
tu infelice vida en ella.
A sangre y fuego el avance
voy a dar a tus trincheras.
Prevente, pues te lo aviso.
Y advierte la diferencia
que hay entre los dos. Mientras
tú por la noche te ausentas
de mí huyendo, yo te busco
de día a cara descubierta.

D.A.:

Espera, Fatimafar, óyeme.

F.:

Dime, si por el bien intentas
entregarte prisionero.

D.A.:

Sólo te doy por respuesta,
que el tiempo que yo no avance
ese de vida te queda.
Y porque lleves sabido,
que yo para nada falté
a las reglas de milicia;
pues quebrantarlas yo hubiera
cuando tú, como es debido,
en prisiones me tuvieras
bajo palabra de honor;
pero, si en ti no se encuentra
política, y me reduces
a estar en prisión estrecha,
en quebrantarla no hice
cosa que mancharme pueda.
Y, esto supuesto, las armas
finalicen lo que resta.

F.:

¡Mueran los viles cristianos!
¡Viva nuestro gran Profeta!

D.A.:

¡El valor, soldados míos,
en esta ocasión se muestra!

F.:

¡Viva Alá! ¡Muera el cristiano!

D.A.:

¡Defiéndanse las trincheras!
¡Soldados míos, a ellos!
¡Santiago, España cierra!

J.:

Cristianile, ¿tú acordarte,
que el ajorcarte te espera?

S.:

Eso ya no me toca a mí;
que desde ahora empiezas,
perrengue, a sufrir, que yo,
a puro palo, te muela.

J.

¡Mahomillo del demonio,
que he de pillarte!

S.:

¡Perro, suelta!
(Se da la batalla. Se entregan los moros, y dice el rey)

F.:

Reniego de Alá, y también
de mi fortuna adversa.

D.A.:

¡Ríndete, moro!

F.:

Aunque quisiera
resistirme, ya no puedo.
Corta mi infame cabeza.
Cristiano, mátame al punto,
porque mi infamia no veas.
¡Véngate ya!

D.A.:

Los cristianos
del rendido no se vengan.
Alza del suelo y escucha;
que si ayer, por tu soberbia
no salvé de mi Patrono
la honra, ahora, que llega
el tiempo, en que me oigas
puedo hacerte de por fuerza.
No es bien quede en opinión
tu falsa doctrina expuesta.
La primer razón que diste,
por ninguna parte es buena.
Si es que hago memoria cierta,
se fundaba en el derecho,
que supones a esta tierra,
por razón de haber prescrito
el tiempo de poseerla.
Mas oye, que por dos vías
he de darte la respuesta.
La primera, porque, cuando
se prescribe algo, en presencia
del que es dueño de la cosa,
siempre, es fuerza, el que éste
no la repugne, por medio
de pleito o bien con guerra;
porque, aunque no se requiriera,
que él sepa que la prescribe,
es circunstancia bien cierta.
Así fue. Cuando los moros
entraron a poseerla,
-hablo de España- jamás
se apartó de la quimera
de reemplazarla el dueño
natural y propio de ella.
La segunda es aquesta.
En tiempos, como tú dices,
que la romana potencia
gobernaba Diocleciano,
fue, cuando la santa Iglesia
de Cristo, sufrió en cristiano
la persecución más recia;
a pesar de que otras nueve
contaba ya, bien sangrientas.
Pero en ésta, como en todas,
lejos de lograr que pueda
ajar su grandeza el diablo,
ensalza más su grandeza;
respecto a que, como el oro
sale más purificado,
cuanto más en el crisol se quema.
Cosa es ésta que debían
reflexionar los contrarios,
para dejar su protervia.
Y así fue nuestro Sebastián,
como que testigo era
de esta verdad, reconoció
luego la Ley verdadera.
También miraba que, cuando
la crueldad y la fiereza
en los hombres se aumentaba,
por el contrario, las fieras
daban de piedad señales
de humildad y reverencia.
Y si no, díganlo cuantos leones,
con estupenda manera,
lejos de hacerles
la más diminuta ofensa,
a sus pies postrados, daban
indicios de la obediencia
que tienen a su Creador,
y a sus santos en la tierra.
Quiero hacerte una pregunta;
¿del demonio la fuerza
es tanta, que hacerle pueda
hostilidades a un Dios,
y destruir sus iglesias?
Me dirás que no. Y dirás
bien; porque cosa tan cierta,
toda nación la publica,
toda nación la confiesa.
Además de esto, las obras
de los que mi Ley profesan,
aún en los mismos suplicios,
¿no daban señales ciertas
de su justificación?
Sus plegarias, ¿cuáles eran?
¿Cuáles las súplicas a Dios
en vuestra misma presencia?
¿Pedían acaso venganza
de la malicia perversa?
Antes bien, pedían a Dios
que Él os favoreciera.

F.:

Calla, cristiano, ya calla.
No prosigas, cesa, cesa.
Que esa razón que acabas
de dar, tanto al alma llega,
que ella sola basta, para
conocer la congruencia
de tu argumento. Pues, ley
que establece como regla,
lejos de poder vengarse,
pagar con bien las ofensas,
es entre todas las leyes,
sin duda, la más santa,
sin duda, la más perfecta.
Dime, cristiano, ¿es posible,
que de tan grandes ofensas,
como cometí, viviendo
en mi Ley falsa y proterva,
haya perdón de Dios a mí?
¿Tendrá Dios de mí clemencia?

D.A.:

Mi mismo Dios tiene dicho,
que a cualquier hora que llegue
el pecador, y por siempre,
que arrepentido le vea,
y pida misericordia,
usará Dios con él de ella.

F.:

Pues, Señor, si arrepentido
me buscáis, me pesa tanto
el haberos ofendido,
que de puro sentimiento,
me siento anegado en llanto.
¡Ay, qué es de mi, infelice,
si habéis de dar la pena
correspondiente a mis culpas!
Usad de vuestra clemencia
conmigo. Apartad, Señor,
de mí la infausta sentencia
de muerte; antes bien,
dadme la vida eterna. Detesto
la infame e infernal secta
de Mahoma y sus secuaces,
de falsedades tan llena.
Confieso que la Ley vuestra
es la verdadera Ley; la
única que al cielo lleva
nuestras almas. Y las otras
como falsas, nos condenan.
Llévame, cristiano, ya
no enemigos por la guerra,
sino amigos, y del alma.
Llévame ya, donde pueda
con el sagrado Bautismo
lavar las manchas funestas,
que oprimen mi infeliz alma,
la debilitan y afean.
Y vos, Sebastián glorioso,
que desde la misma secta,
conociendo sus engaños,
pasasteis a dar creencia
a la verdadera Ley,
perdonadme las ofensas,
vituperios y baldones
de mi depravada lengua.
Acordaos de la perfecta
caridad con que impetrabais
del cielo la gran clemencia
por vuestros perseguidores.
Y, pues que estáis en la gloria,
pedid por mi, desvalido,
que la Majestad eterna
me perdone mis delitos.
Y vosotros, agarenos,
si queréis la salud vuestra,
como seguisteis mis pasos
seguidme a la santa Iglesia.
Vamos a hacernos cristianos,
a recibir el Bautismo,
y con ello consigamos
entrar en el Paraíso.

D.A.:

¡Grande Fatimafar! Llega
a mis brazos, pues me alegra
de ver conversión tan recta.
Orgulloso estoy. Dichoso
tú mil veces, pues con esa
decisión tan portentosa
así a la Gloria te acercas
sin envidiar otra cosa.
Tu amigo del alma yo soy.
cuanto valga, cuanto pueda
yo, tú puedes. Y pues quiso
Dios que yo instrumento fuera
de tu conversión, en gloria
de todo aquel, que quiera,
de tus soldados, volverse
a su patria o a su secta,
desde luego, libremente
he de dejarle se vuelva.
Pero el que quiera, quedará
viviendo en España, libre,
y le daremos hacienda,
que en nombre de doña Isabel
segunda, se les conceda.
En muestra de la obediencia
y respeto a tal reina
repetid conmigo a voces:
¡Viva la Ley verdadera!
¡Viva el patrón san Sebastián!

S.

Y vivan Sancho y Jamete.
Ya que nadie se acuerda.

Todos.:

¡Viva!

S.:

Y vivan los forasteros,
que nos honran en las fiestas.

Todos.:

¡Viva!

S.:

Y también digo que viva
todo aquel que no se muera.

Todos.:

¡Viva!

FIN DEL ACTO TERCERO

Nota: el tercer acto da fin los Moros y Cristianos, reducidos a tres partes. Mas puede añadirse un cuarto acto.


Acto cuarto

(Representado el día 21 por la tarde)

(En escena D. Andrés de los Pinedas, Sancho, Fatimafar y Jamete).

D.A.:

Ahora ya, gran Fatimafar
que nuestra amistad se estrecha
cada día, pues cada hora
a mi intención se presenta
un asunto, que adelanta
la estimación que en mí reina,
quiero, a fuer de amigo tuyo,
acomodarte a mi idea.
Y, sin embargo de que es
manifiesta mi rudeza,
voy a hacer una explicación
breve, corta, que comprenda
sustancialmente el misterio
del sacro Bautismo, puerta
de la Gloria, que el divino
Redentor nos deja abierta.

F.:

Antes que tu erudición
manifieste con largueza
quiero protestarte, grande
don Andrés, que el que yo atienda
con deleite tus preceptos,
no arguye que mi fe sea
tan débil, que necesite
para creer en tus pruebas.
Pues, aunque nuevo cristiano,
es mi fe tal, que, con ella
armado, estoy más seguro
que poseyendo la ciencia
en sumo grado. Lo juro.
Bajo esta suposición,
de tu boca elocuente
está pendiente mi idea.

D.A.:

Yo nunca pensé para ti
necesitar de más letras,
que tu mismo entendimiento;
pues sé que sólo te fuerza
a seguir la senda justa,
del corazón la nobleza.
Y, por tanto, mis conceptos
otra dirección objetan.
El Bautismo es el primer
Sacramento, es la puerta
por donde nos entramos
a la santa Madre Iglesia.
Bien que éste pueda formarse
de tres maneras; ya sea
por ablución, con la forma
que el gran Jesús, vida nuestra,
estableció, y con que tú
adquiriste vida eterna.
O ya, padecer martirio
con gran valor, en defensa
de la fe. O finalmente,
en necesidad extrema,
formando en el corazón
una constricción perfecta.
No obstante todo esto,
no es más que un solo Bautismo;
y una es también nuestra fe,
que a nosotros nos alienta.
El río Jordán fue donde
el Redentor, en presencia
de su precursor Juan,
hizo institución tan perfecta;
y en ella el antídoto
contra la original deuda.
El efecto que produce
es de completa limpieza.
Lava el alma de cualquier
mancha, sea ésta original,
actual, mortal o venial,
perdonando toda pena.
La materia de él es agua
natural. Y aunque la tierra
maldijo Dios, pues produjo
la fruta vedada a Eva,
no el agua, que del agua
fue que la vida viniera,
tanto para todo el mundo,
como en nuestra Madre Iglesia.


Y con esta agua perfecta
había de apagarse el fuego
de la espada llameante,
que del Paraíso en la puerta,
sostenía el Ángel de Dios;
impidiendo en adelante
que el pecador con franqueza
entrara en cualquier instante.
En el Libro de los Reyes
se da ocasión al asombro;
puesto que en él se refiere,
que el leproso Namaán, sirio,
fue al Jordán y a consecuencia
del mandato de Eliseo
se bañó en él, y la lepra
se le apuró de tal suerte,
que dejó sus carnes bellas,
como si fueran de un niño.
Pues aquí se representan,
bien en vivo, las virtudes
que este Sacramento encierra.
Y es que por más desdichas,
en que las almas se encuentran,
a fe que quedan tan sanas,
tan bellas y esclarecidas,
como un niño manifiesta.

F.:

Basta, excelente cristiano,
No mientes más tu idea.
No formes, no, más discursos,
pues los que formados dejas,
son tales que al más infiel
creer en Dios persuadieras.
Y, porque te asegures
de esta expresión verdadera,
¡mis soldados mahometanos!
¿Queda alguno en mis banderas
que no siga a Jesucristo?

Todos.:

Todos su fe reverencian.

F.:

¿Alguno sigue a Mahoma?

Todos.:

Todos sus leyes detestan.

F.:

Pues en prueba de que siempre
hemos de seguir en la Iglesia,
repetid conmigo a voces:
¡Viva la Ley de Jesús!

Todos.:

¡Viva la Ley de Jesús!

F.

¡Y la de Mahoma muera!

Todos.:

¡Y la de Mahoma muera!

(Sale Sancho que trae a Jamete)

S.:

Sal acá, cara de zorro,
y dinos lo que te cuentan
esas voces de los tuyos.

J.:

¿Yo cosas decir como ésa?
No permitirlo Mahoma.

S.:

Detesta tu mala secta.

J.:

Que no. ¿Acaso tener yo
tan dura la mía testa?

D.A.:

Sancho, ¿qué trastorno es ése?

S.:

Es que Jamete no quiere
ser cristiano; y lo ha de ser,
aunque sea de por fuerza.

D.A.:

La Ley de Dios no permite,
traer de por fuerza a ella.

S.:

¡Pues está buena la fiesta!
¿Y si no le diese gana
a este moro, que es un bestia,
de seguir a Jesucristo,
no ha de haber quien lo convenza?

D.A.:

¡Convéncele con razones!
Y si no bastasen éstas,
déjale seguir su intento.

S.:

¿Dejarle? Como no quiera
persuadirse por las buenas,
yo le rompo la cabeza.

F.:

Jamete, no seas ceporro;
que en ello te va la vida,
por mal que a ti te parezca.

J.

Yo no creer sino aquella
promesa del gran Mahoma,
de querer gozar en tierra
mil años de Paraíso.

F.:

Esa tan brutal promesa
manifiesta claramente
lo bárbaro de tu secta.
¡Apártate de ella al punto!

J.:

¡Yo nunca apartarme de ella!

F.:

Pues, Sancho, aunque no quiera
bautízalo a la fuerza.

S.:

Eso es. Ese es mi tema;
que yo lo he de bautizar,
o el diablo se lo lleva.

D.A.:

No hagas tal, amigo Sancho.

F.:

¿Qué inconveniente se encuentra
en bautizarle forzoso?
¿No es mejor que así suceda,
que permitir se condene?

D.A.:

Ya he dicho, que la Ley nuestra
no quiere forzar a nadie.
Además de que, si hubiera
caso en el cual un adulto,
por engaño o por fuerza
bautizaran, mientras éste
no tuviera intención recta,
y fe para bautizarse,
Sacramento allí no hubiera;
porque la fe se requiere,
como una cosa muy cierta.

F.:

De esa razón que tú nos das
tal vez alguno infiera,
que, el que formar intención
de tener fe no pudiera,
no le vale el bautizarse.
¿Será como un infante,
que éste sin Bautismo queda,
aunque otro lo bautizare?

D.A.:

La intención que dije, solo
al adulto se pide; pues
al infante es la Iglesia
quien suple la fe primera,
fe que es más segura y cierta.
Y es la razón de esto,
porque del modo y manera
que heredamos el pecado
original, y en aquella
ocasión pudo bastarnos,
para contraer la deuda,
la infidelidad malvada,
que se halló en Adán y Eva,
del mismo modo nos basta,
para adquirir vida eterna,
la fe, que en nuestro Bautismo
la Iglesia tiene y profesa.
Y si la ajena malicia
nos produce tales quiebras,
también deben producirnos
tales gracias la fe ajena.

F.:

Cierto, católico insigne;
que aunque dudas no tuviera
por ver tu literatura,
discerniendo las materias,
me agradaría el oírlas.

S.:

Y, después de tanta arenga,
en qué quedamos, ¿bautizo
a Jamete o no?

D.A.:

Como él quiera,
será tu acción meritoria.

S.:

Con que ¿rogándole solo,
he de ablandar su dureza?

D.A.:

No hay otro medio mas que ese.

S.:

¡Pues, buena está la fiesta!
Si sólo ha de ser así,
armémonos de paciencia.
Mira, Jametico mío,
mira, prenda de las prendas,
mira, cachorro del alma,
mira, hijo, que te condenas.
Vuelve sobre ti y repara,
que, como dice Soleta,
quien bautizarit non quierit,
mil demonios se lo llevan.
Mira bien que el Paraíso,
que tú conseguir esperas,
es un embuste muy cierto,
y una farándula incierta.
Mira que Mahoma y Sergio
fueron un par de trompetas,
que con embustes y enredos,
os conducen como bestias.
Hazte cargo, Jametico,
que si tu ley fuera buena,
hombres leídos y listos
no se separaran de ella.
Ea, hijo, ¿te resuelves?
Di, prendita, ¿en qué piensas?
Hazte cargo, hijo, mira;
tú bien sabes que en tu secta
es pecado beber vino;
también es culpa muy gruesa
comer jamón y tocino.
En mi Ley, aunque te bebas
cada hora unos vasicos
y comas a boca llena
una morcilla tan gorda
como el muslo de mi pierna,
todo es parva de materia.
Si eres cristiano, eres libre.
Te repartirán hacienda;
y serás, como quien dice,
persona hecha y derecha.
Vaya, dime ¿a qué te inclinas?
Dinos ya tu resolvencia.

J.:

¿Yo poder, como en mi tierra,
tener mujeres a docenas?

S.:

Aunque aquí no se usa eso,
luego que por ahí te vean,
tan bien peinado y hermoso,
con esa cara de feria,
te seguirán las más bellas.

J.:

Ea, pues; a bautizarme.

S.:

¡Alabada sea mi ciencia,
y lo que un hombre como yo,
alcanza. Pues, hijo, llega,
ponte luego de rodillas,
con la vista muy modesta,
destira al pescuezo,
no levantes la cabeza;
y cuando yo te pregunte,
si bautizarte deseas,
al punto has de decir, “volo”.

J.:

¿Volo yo? Que no, hombre, que no.
Volo, tú; volo tu madre,
y toda tu descendencia.

S.:

¡Ya se echó a perder la fiesta!
Escucha, espera. “Volo”
quiere decir, que me cuaca.

J.:

¡Ah! Eso ser otra cuenta.
Vamos allá, que me cuaca.

S.:

Bien, Jamete, Dios te alienta.
Vuelve a arrodillar las piernas,
y estáte con mucha atención,
para decir lo que debas.
No hagamos nulo el Bautismo
por mala forma o materia.

J.:

Aquí estoy, no te detengas.
(Se arrodilla)

S.:

¿Y como nombrarte intentas?

J.:

Ah, tú nombrar como quieras.

S.:

Pues, te nombrarás Sebastián,
para que siempre refieras
que, gracias a este santo,
y porque estamos en fiestas
del Patrono de esta villa,
que Lúcar se llama a enteras,
te has librado de una muerte,
o vivir siempre en cadenas.

D.A.:

Yo quiero ser el padrino.

F.:

Y yo hacer la recompensa
de los cohetes y el vino.
Y gritar con toda fuerza:
¡Viva san Sebastián!

Todos.:

¡¡¡Viva!!!

D.A.:

¡Viva el cura y el alcalde!

Todos.:

¡¡¡Viva!!!

S.:

Y hasta otro año que vuelva.


El cuento

Este cuento sustituyó en algunos años, al original contenido en el Libro de Relaciones de Moros y Cristianos. Su autor fue José Ángel Gómez Rodríguez, poeta lucareño fallecido en junio 1997).


S.:

Allí donde la morisca,
estuvo con Alí perro.
Allí donde la zagala
le dijo al oído un verso,
Allí me encontré, yo anoche,
una petaca y un puro,
unas bragas y un sombrero,
y en un rincón escondío,
como si fuera un bichejo,
una cosa de esas raras,
cuyo nombre no recuerdo,
algo así mu parecío
a lo que usa mi abuelo
pa que la hoz en la siega
no le arremeta en el deo.
¡Me cache en Alá, morisca,
se me pone to regüerto!
o yo no entiendo de rastros
o allí no hicieron na güeno.
Pensar que anoche me dijo:
vente Sancho, pal desierto,
que a la venía p’acá
te vía dar un rato güeno.
Y yo por no dejar solo
a mi capitán D. Diego,
y por hacerle el café
a D. Andrés, rey tan bueno,
me hice una “mieja el longui”,
igual que con los impuestos.
Mas si llego a imaginar
qué quiso icirme con eso,
si yo llego a comprender
lo que era un “ratico güeno”,
D. Andrés se queda solo,
y solo se queda D. Diego,
y fundo hasta la matraca
pensando en el fandangueo. ¡
Me “cachi” en Alá, morisca,
se me pone “to regüerto”.
Ya me la estoy imaginando
en “to” el centro del desierto,
con la falda “arremangá”
panza “p’arriba” en el suelo,
y este demonio de moro
que tenía que llevar cabestro,
haciéndole la “bragá”
y revolviéndole el pelo.
Me “cachi” en Alá, morisca,
se me pone “to regüerto”.
Mañana mismo le digo a D. Andrés
que me firme la licencia,
que me marcho del ejército.
Y me quedo con las moras,
¿qué se lo afeitan? ¡Es cierto!
Mas, si atino a la primera
lo demás va “to pa dentro”.

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