Feria de ganado (Cantoria)

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Tradicionalmente la feria de Cantoria comenzaba el día 20 de noviembre con una duración de 10 días

Esta feria giraba entorno a la compraventa de animales (burras, mulas, caballos, vacas, toros, etc.). Los marchantes (encargados de llevar a cabo estas operaciones) hacían su llegada al pueblo unos días antes; sobre el 18 ó 19 por la tarde, en un tren que comúnmente se llamaba "El frutero" en el que también acomodaban a sus animales.

Provenían principalmente de Villaricos, Vera, Antas, Albox, la zona de Puerto Lumbreras. Lorca e incluso de Alicante, Castellón, Valencia y algún que otro vasco.

Esta feria de bestias era la ultima del año en todo el Valle del Almanzora, de ahí su gran importancia. A todo ello hay que unir la fiesta que a esta feria ganadera acompañaba, siendo la mejor de la comarca, sólo la de Baza que se celebraba unas semanas después podía rivalizar con ella.

El marchante era una de las piezas más importantes de esta feria de ganado; se le reconocía fácilmente, vestían una especie de camisones oscuros (marrón o negro principalmente) bastante anchos que les llegaban por debajo de las rodillas, con su bastón en mano para dominar a los animales.

Era corriente ver a los vascos con sus grandes chapelas en la cabeza caídas hacia el hombro. Dentro de esta profesión, hay que mencionar, que se distinguían varias jerarquías; por un lado destacaremos al caporal; más pudiente; por lo que normalmente se hospedaba en las pensiones del pueblo o en casa particulares que pagaba a muy buen precio; también estaban los ayudantes de estos, encargados de cuidar las bestias y lógicamente menos pudientes, compartían estancia con sus animales durante 3-4 días en las cuadras que anteriormente habían sido alquiladas por los vecinos del lugar. El dueño además les suministraba colchones (de perfollas) y mantas.

Los días anteriores a la feria a los marchantes les gustaba dar una vuelta por los cortijos junto con los gitanos de Cantoria que hacían de corredores autorizados, pues pagaban su matricula y de antemano sabían donde se encontraba el mejor ganado. Todo esto a cambio de un 2% de la venta. Lo mejor era el cierre de tratos entre marchantes, que hacían sus corros y realizaban las pujas, sellándolo con un apretón de manos.

En cuanto despuntaba el día 20, estos marchantes y sus animales invadían por completo las calles: Romero, Lope de Vega, plaza del Convento, la calle Alcalde Cristino, de la Iglesia, San Juan, Álamo, Orán, plaza del Emigrante, la subida al colegio (dónde había eras de trilla y descampado) hasta el caño.

Era casi imposible transitar por ellas esos días. Destacar que el enclave para la feria destinada al ganado vacuno estaba en lo que hoy es la Avda. España. Por todas estas calles y entre tanta bestia apenas se podía andar por miedo a una coz, deambulaban los quinquilleros, vendedores de mechas, piedra… cobró especial fama uno al que se apelaba "el Lila", procedente de Albox. Sus mercancías iban distribuidas en una caja que colgaba de su cuello, pastillas de tabaco, librillos de papel, mecha y el famoso almanaque zaragozano que llegaba al pueblo cada año con él.

Las casetas y tómbolas propias de la feria lúdica comenzaban a montarse los días 17 y 18 en la plaza y las bocacalles cercanas a esta, asignados por el ayuntamiento. Construidas en madera por Juan Jiménez Tijeras y Domingo Jiménez, padre e hijo, las demás en tela. Estos puestos pagaban sus impuestos en especie.

Las casetas eran de todo tipo de artículos; sombrererías, tabasqueras (para el repuje de cuero) bisutería, en estas casetas había unas planchas de serrín y dentro se introducía la alaja, metías la mano sacabas la prenda y pagabas su precio. El puesto de la "Cordobesa" fue el más famoso en este género (oro y plata) era muy esperado, como indica su nombre, procedía de Córdoba y durante muchos años fue asiduo a esta feria, zapaterías, puestos de guiñoles, tómbolas, en las que se rifaban muñecas y otros objetos.

Fue una de estas rifas la que provocó gran revuelo con sus famosos pepones, que indujeron a la creación de una comparsa llamada de los pepitos, con letra llena de picardía ante la que las mujeres se ruborizaban.

Por toda la feria se podían encontrar puestos donde para la merienda, por una gorda o un real un señor de su rueda sacaba unos deliciosos barquillos. En años posteriores se añadieron a estos otros de almendras garrapiñadas y demás. También se incorporó con el tiempo una castañera; se trataba de una señora bastante mayor procedente de la zona de Huércal Overa. Frente a la esquina del bar Galán podías encontrar su puesto de castañas asadas, nueces, bellotas y níspolas, durante esos días dormía entre los sacos.

Haremos especial mención al alumbrado de la feria que antes de la guerra fueron los carburos, unos cilindros de metal rellenos de un polvo negro que desprendía un característico olor.

En la placeta del Pipa estaban colocados los caballitos y voladoras que hacían las delicias de grandes y pequeños, mientras que en la puerta de la iglesia la noria y las barquillas más frecuentada por mayores que por chicos.

También tuvieron su lugar, ante la puerta de la pescadería del Pipa, las personas que venían del Marchal o el Badil para vender los tomates, frutas y verduras que habían conservado desde el verano. Como durante esas fechas era difícil abastecerse de muchas de estas, aprovechaban para aumentarle el precio.

Los pasteleros del pueblo también colocaban sus puestos de dulces en la feria: Julio el Viejo, los hermanos Balazote, El colorín, Juan Pedro el Turronero, María la Turronera y Carmen la del Biscotelas (Señora ya mayor famosa por la calidad y el sabor de sus dulces) que ponía su puesto en la entrada de su casa, frente a la iglesia. Los jóvenes aprovechaban estos días festivos para ponerse sus mejores galas, se estrenaban abrigos, vestidos, trajes, zapatos nuevos; eso sí… el que podía. También la cultura ocupó su lugar, se organizaban obras de teatro de celebres compañías nacionales, muchos de estos actores que debutaron aquí, fueron después famosos artistas del mundo del celuloide, tal como Carmen Rosi o Pablíto Rosi. Se proyectaron películas mudas que después serían ya sonoras. La caseta popular tenía su ubicación en la plaza, donde posteriormente se instalaba el tablado de las fiestas de agosto, se adornaba con gran esmero pues este era el punto de reunión de los más pudientes del pueblo.

Lo más frecuente en la feria era pasear entre los puestos colocados en la acera del ayuntamiento y enfrente de la del casino, dejando un camino en el centro; donde entonces había dos bancos de azulejos grandes y alargados (delante de cada acera) donde se sentaban mayores y niños a contemplar la ida y venida de feriantes y gente. A partir de la Guerra Civil fue cambiando esta feria, llegó poco a poco el progreso, y con el fueron desapareciendo las bestias dejando paso a los primeros automóviles hasta que llegó a desaparecer totalmente, retomándola de nuevo hace muy pocos años.

Y esto era la Feria de Cantoria que todo aquel que la ha vivido piensa en ella como la más maravillosa de sus vidas y que nunca ya se ha vuelto ha repetir.

Bibliografía

  • Fuente: Revista Cultural de Cantoria "Piedra Yllora". Autor: Encarnación Jiménez

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